Tenías que ser Tu (SEP) -Capítulo I)

 
Para Steven Axelrod

Quien tuvo la cabeza clara desde el principio, unos anchos hombros donde apoyarme y alta tolerancia por las locuras de la autora.

Este tenía que ser para ti.

 
 

Estoy también profundamente agradecida a las siguientes personas y organizaciones:

La Liga Nacional De Fútbol.

La gente de los Dallas Cowboys y los Denver Broncos.

Las relaciones públicas de los Pontiac Silverdome y los Houston Astrodome.

Linda Barlow, Mary Lynn Baxter, Jayne Ann Krentz, Jimmie Morel, John Roscich, y Katherine Stone, por ayudar a resolver problemas en grupo, contestar a preguntas, y en general, evitar que me metiera en líos.

Las maravillosas referencias bibliográficas de la librería Nichols Library Claire Zion, durante años de guía y apoyo.

A la gente en Avon Books, especialmente mi entusiasta y colaboradora editora, Lisa Wager.

Un especial agradecimiento a mi marido, Bill Phillips, qué, desde que mi carrera de escritora comenzó, ha organizado torneos de golf, tenido a punto el ordenador y se ha pasado el año pasado dirigiendo un equipo de fútbol Este libro no habría sido posible sin su ayuda

 

CAPÍTULO UNO

Phoebe Somerville se enfrentó a todo el mundo en el entierro de su padre sin más apoyo que un caniche francés y un amante húngaro. Se sentó ante la tumba como una reina salida de una película de los años cincuenta, con el pequeño caniche blanco echado en su regazo y un par de gafas de sol de diamantes falsos protegiéndole los ojos. Fue difícil para los asistentes decidirse quién parecía más fuera de lugar: el caniche con su pelo perfectamente cortado luciendo un par de lazos color melocotón en sus orejas, el húngaro increíblemente guapo de Phoebe con su larga y brillante coleta o la propia Phoebe.

El cabello rubio ceniza de Phoebe, con mechas platino, caía sobre sus ojos como a Marilyn Monroe en La tentación vive arriba. Sus labios húmedos, llenos, pintados en un tono delicioso de peonía rosa, estaban ligeramente abiertos mientras miraba el ataúd negro brillante de Bert Somerville. Llevaba un traje chaqueta de seda color marfil, discreto, pero el escandaloso bustier dorado que llevaba  debajo era más apropiado para un concierto de rock que para un entierro. Y la falda, con un cinturón de cadenas doradas, cada una de las cuales

estaba rematada por una hoja de parra, tenía una abertura lateral hasta la

mitad de su bien proporcionado muslo.

Era la primera vez que Phoebe regresaba a Chicago desde que se había escapado cuando tenía dieciocho años, tan sólo algunos de los presentes conocían a la hija pródiga de Bert Somerville. Sin embargo, por las historias que habían oído, ninguno de ellos estaba sorprendido de que Bert la hubiera desheredado. ¿Qué padre querría pasar su patrimonio a una hija que había sido la amante de un hombre cuarenta años mayor que su propio padre, incluso aunque ese hombre hubiera sido el reputado pintor español, Arturo Flores? Y además, allí estaba la vergüenza de las pinturas. Para alguien como Bert Somerville, los cuadros de desnudos eran cuadros de desnudos, y no importaba que docenas de los desnudos abstractos que Flores había pintado de Phoebe, honraran ahora las paredes de museos en todo el mundo, eso no cambiaba su parecer.

Phoebe tenía cintura esbelta y piernas bien proporcionadas, pero sus pechos y caderas eran curvilíneos y femeninos, como en un tiempo casi olvidado cuando las mujeres parecían mujeres. Tenía cuerpo de chica mala, el tipo de cuerpo que, incluso a los treinta y tres años, podría ser exhibido con el ombligo al aire en la pared de un museo. Era el cuerpo danone de una rubia tonta, pero el cerebro de ese cuerpo era realmente inteligente, y Phoebe era el tipo de mujer que no debería ser juzgada por las apariencias.

Su cara no era más convencional que su cuerpo. Había algo demoledor en la estructura de sus rasgos, aunque era difícil de decir qué era exactamente, si su nariz recta, su boca firmemente delineada o su mandíbula fuerte. Quizá era el diminuto lunar negro y escandalosamente erótico que coronaba su pómulo. O tal vez eran sus ojos. Los que los habían visto antes de que se pusiera rápidamente sus gafas de sol de diamantes falsos habían tomado nota de la forma en que se rasgaban en sus bordes, de alguna manera casi demasiado exóticos, para encajar con el resto de su cara. Arturo Flores frecuentemente había exagerado esos ojos ámbar, algunas veces pintándolos más grandes que sus caderas, otras superponiéndolos a sus maravillosos pechos.

Durante todo el funeral, Phoebe se mantuvo calmada y serena. A pesar de la humedad que impregnaba el aire de julio que igual que las aguas que se  deslizaban por el cercano río DuPage, atravesando varios de los suburbios occidentales de Chicago, no proporcionaba ningún alivio al calor. Un toldo verde oscuro daba sombra a la tumba y a las primeras filas destinadas a la gente más importante  que estaban situadas en semicírculo alrededor del ataúd negro ébano, pero el toldo no era lo suficientemente grande para dar sombra a todo el mundo, y mucha de la gente engalanada estaba parada bajo el sol, donde habían comenzado a debilitarse, no sólo por la humedad sino también por el perfume abrumador de casi cien centros florales. Afortunadamente, la ceremonia había sido corta, y como no había ningún tipo de recepción posterior, pronto podrían dirigirse hacia sus frías piscinas y regocijarse en secreto del hecho de que le hubiera tocado a Bert Somerville en lugar de a ellos.

El brillante ataúd negro estaba posado encima de la tierra sobre una alfombra verde que había sido colocada directamente delante del lugar donde Phoebe se sentaba entre su hermanastra de quince años, Molly, y su primo Reed Chandler. La pulida tapa estaba cubierta de estrellas florales de rosas blancas adornadas con cintas celestes y doradas, colores de los Chicago Stars, el equipo de la Liga Nacional de Fútbol del que Bert había tomado las riendas hacía diez años.

Cuando la ceremonia finalizó, Phoebe cogió a la caniche blanca en sus brazos y la puso a sus pies, provocando que un rayo de sol refulgiera en la tela dorada de su bustier y en los diamantes falsos de sus gafas de sol.  El efecto era innecesariamente dramático para una mujer que ya era en realidad lo suficientemente dramática.

Reed Chandler, el sobrino de treinta y cinco años de Bert, se levantó de su silla al lado de la de ella y se movió para colocar una flor sobre el ataúd. La hermanastra de Phoebe, Molly parecía consciente a medias. Reed simulaba estar apesadumbrado, aunque era un secreto a voces que iba a heredar el equipo de fútbol de su tío. Phoebe cumplió su papel y colocó su flor en el ataúd de su padre y se negó a que la antigua amargura la invadiera. ¿Qué objeto tenía? No había podido ganarse el amor de su padre mientras estaba vivo, y ahora finalmente podría dejar de esforzarse. Extendió la mano para dar una reconfortante caricia a su joven medio hermana, que era totalmente desconocida para ella, pero Molly se apartó como siempre que Phoebe trataba de acercarse.

Reed volvió a su lado, y Phoebe instintivamente retrocedió. A pesar de todas las organizaciones benéficas de las que ahora era miembro, no podía olvidar lo matón que había sido de niño. Rápidamente le volvió la espalda, y con voz jadeante y ligeramente ronca que armonizaba perfectamente con su espectacular cuerpo, se dirigió a los que estaban a su alrededor.

—Es maravilloso que hayan podido asistir. Especialmente con este horrible calor. Viktor, querido, ¿puedes coger a Pooh?

Tendió la blanca perrita a Viktor Szabo, que volvía locas a las mujeres, no sólo por su apostura exótica, sino porque había algo obsesivamente familiar en ese hermoso húngaro. Algunos correctamente lo identificaban como el modelo que había posado, depilado, con los abultados músculos lubricados y la cremallera abierta, para una campaña publicitaria a nivel nacional de vaqueros para hombres.

Viktor tomó la perra.

—Por supuesto, vida mía —contestó él con un acento que, aunque notable, era menos pronunciado que el de cualquiera de las hermanas Gabor, que habían vivido en los Estados Unidos muchísimas más décadas que él.

—Mi cariñín —ronroneó Phoebe, no por Pooh, sino por Viktor

Para sí, Viktor pensaba que Phoebe lo estaba presionando demasiado, pero era húngaro e inclinado a ser pesimista, así que le lanzó un beso de forma conmovedora mientras tranquilizaba a la caniche en sus brazos y se colocaba en la mejor pose para exhibir su cuerpo perfectamente esculpido.

Ocasionalmente él movía su cabeza a fin de que la luz atrapara el destello de los abalorios de plata discretamente tejidos en la dramática cola de caballo que caía sobre parte de su espalda.

Phoebe extendió su mano de delgados dedos, con las uñas largas y pintadas de rosa peonía con mediaslunas blancas, hacia el corpulento senador que se había acercado a ella para mostrar sus condolencias y que parecía considerarla un pedazo particularmente delicioso de bizcocho.

—Senador, muchas gracias por venir. Sé lo ocupado que debe estar, es usted un verdadero encanto.

La regordeta esposa de pelo gris del senador le echó a Phoebe una mirada de desconfianza, pero cuándo Phoebe la saludó, la mujer mostraba calidez y cordialidad en su sonrisa. Más tarde, se daría cuenta que Phoebe Somerville parecía más relajada con las mujeres que con los hombre. Lo que no dejaba de ser curioso para una obvia come-hombres. Pero era una familia extraña.

Bert Somerville para empezar, tenía un largo historial de matrimonios con showgirls de Las Vegas. La primera de ellas, la madre de Phoebe, había muerto al tratar de dar a luz al hijo que Bert había deseado tan ardientemente. La tercera, la madre de Molly, había perdido la vida en un accidente de avioneta hacía trece años camino de Aspen, donde planeaba celebrar su divorcio. La única esposa de Bert que todavía vivía no habría ni cruzado la calle para asistir a su entierro, así que mucho menos iba a volar desde Reno.

Tully Archer, venerable entrenador defensivo de los Chicago Stars, se apartó de Reed para acercarse a Phoebe. Con todas sus canas, sus blancas cejas y la nariz roja, parecía un Santa Claus sin barba.

—Algo terrible, Señorita Somerville. Terrible. —Se aclaró la voz con una tosecilla—. No creo que nos conozcamos. Es algo raro no haberme tropezado con la hija de Bert en todos los años que hace que lo conozco. Bert y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y lo voy a echar de menos. No es que normalmente  coincidiéramos en las cosas. Podía ser condenadamente terco. Pero, bueno, al final siempre nos poníamos de acuerdo.

Él movía su mano y hablaba incansablemente sin establecer nunca contacto visual con ella. Cualquiera que no siguiera el fútbol podría haberse preguntado cómo era posible que alguien al borde de la senilidad pudiera entrenar un equipo de fútbol profesional, pero los que le había visto trabajar nunca cometían el error de menospreciar sus habilidades como entrenador.

Sin embargo, le gustaba hablar, y como no parecía tener intención de interrumpir sus palabras, Phoebe lo detuvo.

—Es muy amable por decir eso, Sr. Archer. Un dulce caramelito.

Tully Archer había sido llamado muchas cosas en su vida, pero nunca lo habían llamado caramelito, y el apelativo lo dejó sin habla por un momento, lo cual debía haber sido lo que ella buscaba porque inmediatamente se marchó dando media vuelta sólo para ver un regimiento de enormes hombres en fila para ofrecer sus condolencias.

Tenían zapatos del tamaño de buques, y cambiaban su posición de un pie al otro, eran cientos de kilos de carne con muslos como arietes y monstruosos cuellos gruesos sobre hombros musculosos. Tenían las manos unidas como garfios por delante de su cuerpo como si estuvieran esperando que el himno nacional acabara para empezar a jugar de un momento a otro, pero ahora, sus cuerpos poco convencionales y demasiados grandes rellenaban las chaquetas azules y los pantalones grises del traje del equipo. Gotas de sudor brillaban con el tenue calor del sol del mediodía resaltando sobre su piel bronceada como gotas de tinta en una hoja en blanco. Como esclavos de una plantación, el equipo de la liga nacional Chicago Stars había llegado para rendir homenaje al hombre que los poseía.

Un hombre sin cuello de ojos rasgados, con apariencia de poder parar un disturbio en una prisión de máxima seguridad, dio un paso adelante. Fijó su mirada tan firmemente en la cara de Phoebe que era obvio que se obligaba a sí mismo a no apartar la mirada para no dejarla bajar a sus espectaculares pechos.

—Soy Elvis Crenshaw, defensa central. Lamento realmente lo del Sr.Somerville.

Phoebe aceptó sus condolencias. El defensa siguió de largo, mirando con curiosidad a Viktor Szabo cuando pasó por delante.

Viktor, de pie a unos metros de Phoebe, había adoptado su postura Rambo, una cosa no demasiado fácil teniendo en cuenta que acunaba una perrita de lanas blanca en sus brazos en vez de un Uzi. Aun así, la postura funcionaba porque casi cada mujer del gentío lo observaba. Aunque la verdad era que si pudiera elegir algo para que su día fuera perfecto, sería la atención de esa criatura erótica con el trasero maravilloso.

Desafortunadamente, la criatura erótica con el trasero maravilloso se había detenido delante de Phoebe y sólo tenía ojos para ella.

—Señorita Somerville, soy Dan Calebow, jefe de entrenadores de los Stars.

—Bueno, hoo-laa, Sr. Calebow —entonó Phoebe dulcemente con una voz que a Viktor sonó como un peculiar cruce entre Bette Midler y Bette Davis, pero bueno, él era húngaro, así que quien sabía.

Para Viktor, Phoebe era la mejor amiga del mundo, y se desvivía por ella, devoción que estaba probando al fingir en esta macabra charada que era su amante. En este momento, sin embargo, no quería otra cosa que alejarla del peligro. Ella no parecía entender que jugaba con fuego al coquetear con ese hombre de sangre caliente. O tal vez si lo hacía. Cuando Phoebe se veía acosada, tenía un ejército entero de armas defensivas a su disposición, y rara vez se equivocaba al seleccionar una.

Dan Calebow no le había dirigido a Viktor ni una mirada, así que no era difícil para el húngaro clasificarlo en la categoría de esos enloquecedores hombres que tenían la mente completamente cerrada a un estilo de vida alternativo. Una pena, pero era una actitud que Viktor aceptaba con su buen humor  aracterístico.

Phoebe podía no reconocer a Dan Calebow, pero Viktor seguía el fútbol americano y sabía que Calebow había sido uno de los quarterbacks más explosivos y controvertidos de la NFL hasta que se retiró cinco años antes para dedicarse a entrenar. En la mitad de la última temporada Bert había echado al entrenador de los Stars y había contratado a Dan, que había estado entrenando al principal rival, los Chicago Bears, hasta ese momento.

Calebow era un gran león rubio, un hombre con la autoridad de quien no tiene paciencia para desconfiar de sí mismo. Un poco más alto que el uno ochenta y cinco de Viktor, era más musculoso que la mayoría de quarterbacks.

Tenía la frente alta y ancha y una nariz firme con un pequeño bulto en el puente. Su labio inferior era ligeramente más lleno que el superior, y una delgada cicatriz blanca marcaba el punto medio entre su boca y su barbilla.

Pero su rasgo más fascinante no era esa interesante boca, ni su leonado y grueso pelo, ni la masculina cicatriz de la barbilla. No era nada de eso, eran un par de depredadores ojos verde mar, que estaban en ese momento examinando a su pobre Phoebe con tal intensidad que Viktor medio esperaba que su piel comenzara a echar humo.

—Lamento mucho lo de Bert —dijo Calebow, su niñez en Alabama todavía era evidente en sus palabras—. Con seguridad lo echaremos de menos.

—Qué amable de su parte decir eso, Sr. Calebow.

Una cadencia débilmente exótica se había agregado a la voz ronca de Phoebe, y Viktor se percató que ella había añadido a Kathleen Turner a su repertorio de voces de mujeres eróticas. Ella normalmente no cambiaba con tanta frecuencia, así que supo que estaba aturdida. No era que dejara que cualquiera pudiera verlo. Phoebe tenía una reputación como devora-hombres que mantener.

La atención de Viktor regresó al entrenador de los Stars. Recordó haber leído que Dan Calebow había sido apodado “Hielo” durante sus días de quarterback por su fría falta de compasión hacia su adversario. No podía culpar a Phoebe por estar perturbada en su presencia. Ese hombre era formidable.

—Bert amaba el juego —continuó Calebow—, y era un hombre excelente con quien trabajar.

—Estoy segura de que así era. —Prolongó cada sílaba que pronunció como una jadeante promesa de depravación sexual, una promesa, que Viktor sabía demasiado bien, Phoebe no tenía intención de cumplir.

Se dio cuenta de lo nerviosa que estaba cuando giró y extendió los brazos hacia él. Sospechaba correctamente que quería a Pooh como elemento de distracción, él dio un paso adelante, pero antes de que ella tomara al animal, un camión de mantenimiento que se había introducido en el cementerio retumbó, sobresaltando a la caniche.

Pooh dio un ladrido corto y saltó libre de sus brazos. La perra llevaba sujeta demasiado tiempo, y comenzó a correr sin rumbo a través del gentío, ladrando estridentemente, con la cola agitándose tan salvajemente que parecía como si el pompón fuera a salir volando de un momento a otro para surcar el aire como el sombrero de Oddjob .

—¡Pooh!  —gritó Phoebe, para salir corriendo detrás de la perrita blanca hasta que topó con las piernas contra el delgado metal que protegían unas coronas de gladiolos.

Phoebe no era la más atlética de criaturas en las mejores condiciones. Pero aprisionada dentro de una apretada falda, no podía alcanzar a la perra a tiempo de impedir el desastre. Las flores se balancearon y volcándose hacia atrás, chocaron contra la corona de flores de su lado, la cuál, a su vez, dio contra un macizo de dalias. Las coronas eran tantas y estaban tan estrechamente juntas que era imposible que una cayera sin que lo hiciera la siguiente, y flores y agua comenzaron a volar. Los asistentes que estaban de pie más cerca se apartaron en un esfuerzo para protegerse de los tributos florales. Como un dominó, una corona dio contra otra, hasta que la tierra comenzó a parecerse a la peor pesadilla de Merlin Olsen.

Phoebe se sacó las gafas de sol revelando sus exóticos y rasgados ojos ámbar.

—¡Quieta Pooh! ¡Quieta, maldita sea! ¡Viktor!

Viktor ya se había desplazado al lado contrario del ataúd en un esfuerzo por alcanzar a la caniche que se movía violentamente, pero en su prisa se derrumbó sobre varias sillas, que, a su vez, volaron sobre otro grupo de arreglos florales, produciendo otra reacción en cadena distinta.

Uno de los asistentes, que se llamaba experto en perros de compañía porque poseía un shiatsu, saltó para intentar detener al frenético perro de lanas sólo para pararse abruptamente cuando Pooh dejó de mover su cola, desnudó sus dientes y le ladró bruscamente como un Terminator canino. Aunque Pooh era generalmente la más social de los perros, el improvisado asistente tenía la desgracia de usar Eternity de Calvin Klein, una fragancia que Pooh había detestado desde que uno de los amigos de Phoebe, que se había empapado en dicha colonia, la había llamado perra cruzada y la había pateado bajo la mesa.

Phoebe, con una abertura en la falda que mostraba demasiado de su muslo para ser respetable, atravesó entre dos de los defensas que observaron con diversión manifiesta como llamaba a la perra de lanas.

—¡Pooh! ¡Aquí, Pooh!

Molly Somerville, avergonzada por el espectáculo que su media hermana estaba dando, trató de ocultarse entre el gentío.

Cuando Phoebe esquivó una silla, una de las pesadas hojas de parra doradas que colgaba de una de las cadenas de su cinturón se incrustó en una de las partes que debía ocultar. La apartó antes de ponerse permanentemente amoratada, sólo para pisar con las suelas de los zapatos unos lirios mojados.

Sus pies resbalaron, y, expulsando el aire con un silbido, se cayó.

Al ver a su dueña deslizándose hacia la tierra sobre su trasero, Pooh se olvidó del amenazador asistente perfumado. Interpretando incorrectamente las acciones de Phoebe como una invitación a jugar, los agudos ladridos de la perra aumentaron con delirante excitación.

Phoebe intentó sin éxito ponerse de pie, mostrando al alcalde de Chicago y a varios miembros del equipo rival, Los Bears, una amplia vista de la parte superior de su muslo. Pooh se metió entre las piernas de un pomposo reportero y bajo las sillas de al lado de la tumba, cuando Viktor venía hacia ella desde el otro lado. A la perra le encantaba jugar con Viktor y sus agudos ladridos se volvieron más fervientes.

Pooh se movía rápidamente, pero frenó bruscamente cuando se percató que tenía el camino bloqueado por cestos volcados de flores y una gran extensión de hierba empapada,  una barrera formidable para un animal que odiaba mojarse. Desde una esquina, saltó encima de una de las sillas plegables.

Cuando comenzó a balancearse, ladró nerviosamente y se lanzó a otra y de allí hacia una superficie suave y dura.

Todo el mundo dio una boqueada colectiva cuando las rosas blancas con cintas celestes y doradas salieron volando. Todo el mundo se quedó en silencio.

Phoebe, que acababa de conseguir ponerse de pie, se quedó helada. Víctor maldijo suavemente en húngaro.

Pooh, siempre sensible con la gente que amaba, inclinó la cabeza a un lado como si tratara de entender por qué la miraba todo el mundo. Sospechaba que había hecho algo muy incorrecto y comenzó a temblar.

Phoebe recobró el aliento. No era bueno que Pooh se pusiera nerviosa. Recordó la última vez que había ocurrido y se adelantó un paso.

—¡Noo, Pooh!

Pero su advertencia llegó demasiado tarde. La temblorosa perrita ya se estaba poniendo en cuclillas. Con una expresión de pesar en su carita peluda, comenzó a orinar sobre la tapa del ataúd de Bert Somerville.

****

La hacienda de Bert Somerville se había construido en los años cincuenta en diez acres de tierra de Hinsdale uno de los barrios residenciales que atravesaba el río Chicago, justo en el corazón del DuPage County. Al principio del siglo veinte el condado era rural, pero con el transcurrir de las décadas, los pequeños pueblos se habían unido hasta formar uno de los barrios dormitorios de ejecutivos, que se desplazaban en los trenes interurbanos desde la estación Burlington Northern para acudir al Loop cada día, y también de ingenieros que trabajaban en las industrias de alta tecnología que se levantaban a lo largo del East West Tollway. Gradualmente, el muro de ladrillo que bordeaba la hacienda fue rodeado por sombreadas calles residenciales.

Cuando era niña, Phoebe había pasado poco tiempo viviendo en la majestuosa residencia estilo Tudor que se asentaba entre robles, arces y nogales del suburbio occidental. Bert la había enviado a una escuela privada del estado de Connecticut hasta el verano, que era cuándo la mandaba al exclusivo campamento para chicas. Durante sus infrecuentes viajes a casa, había encontrado la casa oscura y opresiva, y mientras subía la escalera en curva hacia el segundo piso, dos horas después del entierro, decidió que no había ninguna cosa que la hubiera hecho cambiar de opinión.

Los ojos condenatorios de un elefante ilegalmente trasladado durante uno de los safaris africanos de Bert la miraban fijamente desde su lugar en el empapelado de lo alto de la escalera. Sus hombros bajaron bruscamente con desánimo. Las manchas de la hierba ensuciaban su traje marfil y las medias que cubrían sus piernas estaban sucias y rotas. Su cabello rubio estaba alborotado y desearía no haberse comido el lápiz de labios color peonía rosada. Inesperadamente, la cara del entrenador de los Stars volvió a su mente. Él fue quien había sacado a Pooh del ataúd por el cogote. Sus verdes ojos se habían mostrado fríos y condenatorios cuando le entregó la perra. Phoebe suspiró. El barullo del entierro de su padre era otro error estúpido en una vida ya repleta de ellos. Ella no había querido otra cosa que todo el mundo supiera que no le importaba que su padre la hubiera desheredado, pero como siempre, había ido más allá del límite y le había salido el tiro por la culata.

Se detuvo un momento en lo alto de las escaleras, preguntándose si su vida podría haber sido diferente si su madre hubiera vivido. Ya no pensaba demasiado sobre la madre showgirl que no podía recordar, pero cuando era niña había urdido elaboradas fantasías sobre ella, tratando de invocar en su imaginación a una mujer tierna y bella que le habría dado todo el amor que su padre le había negado.

Se preguntó si Bert alguna vez había amado realmente a alguien. Había tenido poco aprecio por las mujeres en general, y ninguno para una niñita demasiado pesada y torpe que para empezar no estaba muy segura de sí misma. Desde que podía recordar, él le había dicho que no era más que un cero a la izquierda, y ahora sospechaba que podía haber estado en lo cierto.

A los treinta y tres años, estaba sin empleo y cerca de la ruina. Arturo había muerto hacía siete años. Ella se había pasado los primeros dos años después de su muerte organizando las exhibiciones temporales de sus pinturas, pero ahora que la colección se exhibía de manera permanente en el Musée D’Orsay de París, se había mudado a Manhattan. El dinero que Arturo le había dejado al morir, había sido gradualmente gastado, destinado a pagar los gastos médicos de muchos de sus amigos enfermos de SIDA. Ella no lamentaba ni un penique. Durante años había trabajado en una exclusiva, pero pequeña, galería de West Side especializada en el arte de vanguardia. Pero justo la semana anterior, su jefe, ya mayor, había cerrado las puertas por última vez, dejándola desorientada mientras buscaba darle un nuevo rumbo a su vida.

El pensamiento que penetró su mente fue que estaba cansada de ser escandalosa, pero se sentía demasiado frágil para hacer frente a esa reflexión, así que terminó por detenerse delante del dormitorio de su hermana y llamó a la puerta.

—Molly, soy Phoebe. ¿Puedo entrar?

No hubo respuesta.

—¿Molly, puedo entrar?

Pasaron unos segundos antes de que Phoebe oyera un bajo y hosco—:

Supongo.

Se preparó mentalmente, mientras giraba el pomo y entraba gradualmente, para ver el dormitorio que había sido suyo cuando era niña. Durante las pocas semanas al año que había vivido allí, la habitación había estado llena de libros, restos de comida y casettes de su música favorita. Ahora estaba tan ordenada como su ocupante.

Molly Somerville, la hermanastra de quince años que Phoebe apenas conocía, estaba sentada en una silla al lado de la ventana, todavía vestida con el horrible vestido color café que había llevado puesto en el entierro. A diferencia de Phoebe, que había sido gordita de niña, Molly era delgada y su espeso pelo oscuro y largo hasta la barbilla, necesitaba un buen corte. Además era poco atractiva, con la piel tan pálida como si nunca hubiera visto la luz del sol y de rasgos anodinos.

—¿Cómo te encuentras Molly?

—Genial. —Ni siquiera levantó la vista del libro que tenía sobre el regazo.

Phoebe suspiró. Molly no mantenía en secreto el hecho que la odiaba hasta las entrañas, pero habían tenido tan poco contacto durante años que no estaba segura de por qué. Cuando Phoebe regresó a los Estados Unidos después de la muerte de Arturo, había hecho varios viajes a Connecticut para visitar a Molly en la escuela, pero Molly había sido tan poco comunicativa que finalmente se había rendido. Sin embargo, había continuado enviando regalos de cumpleaños y de Navidad, junto con cartas ocasionales, todo lo cual le había sido devuelto como destinatario desconocido. Era irónico que Bert la hubiera desheredado de todo menos de la que era su responsabilidad más importante.

—¿Necesitas alguna cosa? ¿Algo de comer?

Molly negó con la cabeza y el silencio cayó entre ellas.

—Sé que esto ha sido muy difícil. Lo siento mucho.

La niña se encogió de hombros.

—Molly, necesitamos hablar, y sería más fácil para las dos si me miraras.

Molly levantó la cabeza de su libro y miró a Phoebe con ojos inexpresivos y pacientes, dándole a Phoebe la pésima sensación de que ella era la niña y su hermana la adulta. Deseó no haber dejado de fumar, porque necesitaba desesperadamente un cigarrillo.

—Sabes que ahora soy tu tutora legal.

—El Sr. Hibbard me lo explicó.

—Creo que necesitamos hablar de tu futuro.

—No tenemos nada de que hablar.

Se pasó un caprichoso rizo rubio detrás de la oreja.

—Molly, no tienes que volver al campamento si no quieres. Eres más que bienvenida para venir conmigo a Nueva York mañana durante el resto del verano. He alquilado el apartamento de un amigo que está en Europa. Está muy bien situado.

—Quiero regresar.

Dada la palidez de la piel de Molly, Phoebe no creía que su hermana estuviera disfrutando del campamento más de lo que ella había hecho.

—Puedes volver, si es realmente lo que quieres, pero sé lo que es sentirse como si no tuvieras hogar. Recuerdo cuando Bert me enviaba a la escuela en Crayton, y después al campamento cada verano. Lo odiaba. Nueva York es muy entretenida durante el verano. Podríamos pasarlo muy bien y llegarnos a conocer un poco.

—Quiero ir al campamento —repitió Molly tercamente.

—¿Estás absolutamente segura?

—Estoy segura. No tienes porqué cuidarme hasta que vuelva.

A pesar de la hostilidad de la niña y el dolor de cabeza que comenzaba a notar en las sienes, Phoebe era renuente a olvidar el asunto tan fácilmente.

Decidió probar de una manera distinta e inclinó la cabeza hacia el libro que tenía Molly en el regazo.

 

—¿Qué estás leyendo?

—Dostoyevski. Estoy haciendo un estudio independiente sobre su decadencia.

—Me dejas impresionada. Eso es bastante complicado de leer para alguien de quince años.

—No para mí. En realidad soy bastante brillante.

Phoebe quiso sonreír, pero Molly había hecho la declaración de una manera que no se lo permitía.

—De acuerdo. Vas bien en la escuela, ¿no?

—Tengo un coeficiente intelectual excepcionalmente alto.

—Ser más listo que los demás puede ser lo mismo una maldición que una bendición. —Phoebe recordó sus traumáticos días escolares cuando había sido más lista que sus compañeros de clase. Era otra de las cosas que la había hecho sentir diferente.

La expresión de Molly no se alteró.

—Estoy muy agradecida por mi inteligencia. La mayor parte de las chicas de mi clase son imbéciles.

A pesar de que Molly estaba actuando como una niñata aborrecible,

Phoebe intentó no juzgarla. Sobre todo ella, de entre todas las personas, sabía que las hijas de Bert Somerville tenían que encontrar su propia manera de lidiar con la vida. Cuando era adolescente, ella había escondido sus inseguridades detrás de su gordura. Después, se había vuelto un escándalo. Molly se escondía detrás de su materia gris.

—Si me perdonas, Phoebe, he llegado a un capítulo particularmente interesante y me gustaría regresar a él.

Phoebe ignoró la obvia despedida de la niña e hizo otro intento para convencerla de ir a Manhattan. Pero Molly se negó a cambiar de idea y Phoebe finalmente tuvo que admitir la derrota.

Cuando estaba saliendo de la habitación, se paró junto a la puerta.

—¿Me llamarás si necesitas cualquier cosa, no?

Molly inclinó la cabeza, pero Phoebe no la creyó. Esa niña tragaría veneno para ratas antes de recurrir a su hermana mayor de mala fama para que la ayudara.

Intentó no deprimirse mientras se giraba y comenzaba a bajar las escaleras. Oyó a Viktor en la sala de estar hablando por teléfono con su agente.

Necesitaba estar un momento a solas para recuperarse. Se metió silenciosamente en el estudio de su padre, dónde Pooh dormía en uno de los sillones que había delante del escritorio. La cabeza blanca y mullida de la perra se levantó rápidamente. Se sentó en el borde del sillón, agitando el pompón de su rabo y caminó por la alfombra hacia su dueña.

Phoebe se puso de rodillas y recogió a la perrita en brazos.

—Qué desastre, ¿realmente hiciste eso hoy?

Pooh le dio un lametazo como disculpa. Phoebe comenzó a reatar los lazos que se habían deshecho de las orejas de la perra, pero sus dedos temblaban, así que lo dejó. Pooh los volvería a soltar de todas maneras.

Esa perra era una deshonra para la dignidad de su raza. Odiaba los lazos y los collares de diamantes falsos, se negaba a dormir en su colchón y no era demasiado selectiva con su comida. Detestaba ser esquilada, cepillada o bañada y no quería ponerse el suéter con monograma que Viktor le había regalado. Ni siquiera era una buena perra guardiana. El año pasado cuando Phoebe había sido atacada a plena luz del día en el Upper West Side, Pooh se había pasado todo el rato rozándose contra las piernas del asaltante implorando ser acariciada.

Phoebe enterró su cara en el suave pelaje de la perra.

—¿Debajo de ese pedigrí de fantasía, no eres otra cosa que una perra cruzada, verdad, Pooh?

Abruptamente, Phoebe perdió la batalla que había estado librando todo el día y soltó un sollozo ahogado. Una perra cruzada. Eso es lo que era ella. Pero se adornaba como un perro de lanas francés.

Viktor la encontró en la biblioteca. Con más tacto que el que usualmente exhibía, ignoró el hecho de que había estado llorando.

—Phoebe, cariño —dijo tiernamente—, el abogado de tu padre está aquí para verte.

—No quiero ver a nadie —sorbió por la nariz, buscando inútilmente un kleenex.

Viktor extrajo un pañuelo de colores del bolsillo de su chaqueta gris de seda y se lo dio.

—Tendrás que hablar con él tarde o temprano.

—Ya lo hice. Me llamó para hablar de la tutela de Molly el día después de que Bert muriese.

—Tal vez tenga que ver con la herencia de tu padre.

—Yo  no tengo nada que ver con eso. —Se sonó ruidosamente en el pañuelo. Siempre había pretendido que ser desheredada no la molestaba, pero era doloroso tener la prueba cristalina del desprecio público de su padre.

—Es muy insistente. —Viktor tomó el bolso que ella tenía, lo puso sobre la silla donde Pooh había estado durmiendo y lo abrió. Era un Judith Lieber de segunda mano que él había encontrado en una tienda del East Village, le echó a Phoebe una mirada desaprobadora cuando vio una chocolatina Milky Way en el fondo. Apartándola, cogió un peine y se lo pasó para que se peinara. Cuando lo hubo hecho, le pasó el colorete y el lápiz de labios. Mientras ella reparaba su maquillaje, él se tomó un momento para admirarla.

Viktor encontraba los inusuales rasgos que habían inspirado alguno de los mejores trabajos de Arturo Flores mucho más atractivos que las caras de labios hinchado de las modelos anoréxicas con las que él posaba. Y también mucha más gente, incluyendo a la famosa fotógrafa Asha Belchoir, con la que recientemente había tenido una sesión.

—Quítate esas medias rotas. Pareces una figurante de Los Miserables.

Mientras ella alcanzaba bajo su falda para hacer lo que le decía, él devolvió el maquillaje a su bolso. Luego le enderezó el cinturón de hojas de parra y la guió a la puerta.

—No quiero ver a nadie, Víktor.

—No te vas a echar atrás ahora.

El terror llenó sus ojos ámbar.

—No puedo hacerlo en este momento.

—¿Por qué no lo intentas? —Acarició su mejilla con el pulgar—. Puede que la gente no obtenga tanta satisfacción oculta como tú piensas.

—No puedo tolerar la idea de que nadie me tenga lástima.

—Claro, ¿entonces prefieres que todo el mundo te odie?

Ella forzó una sonrisa arrogante mientras alcanzaba el picaporte.

—Puedo manejar el desprecio. Es la piedad lo que no tolero.

Viktor miró las ropas, tan impropias para la ocasión y negó con la cabeza.

— Pobre Phoebe. ¿Cuándo vas a dejar de inventarte a ti misma?

—Cuando lo haga bien —dijo ella suavemente.

 

Tenías que ser tu – Susan Elizabeth Phillips (argumento)

 

DOS CORAZONES QUE CHOCAN

Windy City no está preparada para Phoebe Somerville —el acaba heredar el equipo de fútbol Chicago Stars—. Y Phoebe no está definitivamente preparada para el entrenador estrella de los Stars,

Dan Calebow —rubia y salvaje leyenda viva de Alabama—.

Calebow es todo lo que Phoebe aborrece —machista, exigente y de mentalidad cerrada—. Y la nueva y bella jefa es todo lo que Dan desprecia — una chica bonita e impertinentemente tonta que no sabe ni hacer la O con un canuto—. ¿Por qué se siente atraído por el desvergonzado bomboncito como un cohete teledirigido? ¿Y por qué el encanto de niño bueno de Dan hace que la cosmopolita Phoebe se sienta torpe, muda y asustada de muerte? Repentinamente hay mucho más que un campeonato en juego.

¡Porque la pasión es el nombre de este partido y hay dos tercos participantes jugando!

**** Este libro en primer momento confunde… pero atrapa desde el primer párrafo, cuando pase la confusión acerca de quiénes son exactamente los protagonistas, sé que disfrutarán con ellos ***